Del PIB al progreso social
El uso del Producto Interior Bruto (PIB) y de su valor per capita como indicador sintético del bienestar social no es una simplificación de la que se pueda culpar a los estadísticos que en los años 30 idearon los sistemas modernos de cuentas nacionales.
Porque su principal inspirador, Simon Kuznets, alertó al Congreso americano en 1934, cuando presentó el concepto de PIB, de que la magnitud medía sólo, con pequeñas excepciones, aquellas actividades productivas que tenían reflejo en transacciones monetarias y, en consecuencia, tenía un valor limitado: "La capacidad de la mente humana para resumir una situación compleja mediante una característica compacta es peligrosa: el resultado concreto de las magnitudes cuantitativas hace que atribuyamos con frecuencia, de forma errónea, una gran precisión y simplicidad al objeto que pretenden medir".
El regreso del PIB
El inicio de la crisis económica y financiera y la brusca contracción de la actividad económica y del empleo en 2009 han hecho que la comunidad internacional vuelva de nuevo su atención hacia el PIB, y ausculte regularmente su evolución, trimestre a trimestre, a la espera –como en España– de que vuelva a crecer.
La experiencia ha demostrado que el PIB, aunque sea una magnitud incompleta, guarda una relación estrecha con bastantes de las demás dimensiones de las que depende el bienestar social, como el empleo y la confianza. Por eso, el fragor de la crisis ha hecho que menguara el interés por otros indicadores estadísticos del progreso social más perfectos, y llevó a que el III World Forum de la OCDE, celebrado en octubre en Busan (Korea), pasara desapercibido.
El PIB es, sin duda, una medida imperfecta del bienestar social, pero la crisis ha realzado su valor. Porque, en el fondo, puede decirse de él lo mismo que Woody Allen dijo del dinero: "Hay tantas cosas más importantes que el dinero… ¡pero cuestan tanto!".
Expansión 29/12/09
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